Exposición Johannes Vermeer en Le Scuderie del Quirinale

Vermeer-donna-e-2-uominiQuerría compartir con vosotros algunas impresiones sobre la obra de Vermeer.
Aunque las obras de su propia mano eran sólo algunas,  de modo que se puede afirmar que la exposición fue mucho más una introducción a la pintura del siglo XVII en Holanda que una oportunidad de familiarizarse con Vermeer mismo,  sin embargo fue sí  una ocasión para acercarse a su extraordinaria calidad de la luz y del color,  y también para hundirse en la impresionante sensación de misterio fascinante que impregna sus cuadros y también intentar de comprenderla.
Esta sensación de misterio que nos afecta cuando nos encontramos delante de sus pinturas no es un producto secondario, tampoco un resultado inesperado,  sino que puede considerarse en realidad su verdadero núcleo, el fin hacia el que toda la compleja,  pero muy bien articulada,  arquitectura de sus lienzos tiende, como D.Arasse consiguió relatar en su excelente libro sobre este artista : ‘L’ambition de Vermeer’.
Haciendo uso de los recursos de pintura típicos de sus contemporáneos,  los llamados ‘feinschilders’, es decir, una gran precisión en la representación de los distintos tipos de superficie junto a una orquestación refinada, o más, magistral de la luz, no obstante el objetivo de Vermeer no es representar el preciosismo y el refinamiento de la burguesía holandesa en el momento en el que se iba afirmando,  ni la elaboración de una imagen que puede considerarse come el cincelar una joya, con función de espejo para que un número restringido de personas ricas se puedan reconocer con orgullo en ella y pensar en sí mismos como los mejores,  los que tienen gusto, y todo eso claro porque han sido capaz de conseguir una sólida posición económica, lo que profundamente corresponde a una forma de pensamiento tipica del mundo protestante del tiempo.Vermeer-La-stradina
Al contrario, el interés de Vermeer está en ofrecer una imagen en la que, aunque todo parece ser evidente bajo el fulgor de una luz clara que nos sugiere que nada se puede ocultar,  sin embargo el verdadero sentido de la composición permanece fuera de la vista,  o mejor,  se hace escurridizo, difícil de alcanzar.
Lo que Vermeer quiere que sentamos es que ver no necesariamente significa conocer,  que cada ser en su presencia esencial,  enriquecido con todas sus características,  no es simplemente el resultado aditivo de todas ellas, por lo contrario,  se carga,  también gracias a ellas,  de una fuerza magnética y emana un poder que va más allá de lo que es posible rastrear en su apariencia física.
Eso se puede afirmar no sólo por lo que atañe a cada una de las figuras individuales o de los elementos diferentes del cuadro,  sino también,  y aún más, con respecto a la composición en su conjunto.  En este caso el efecto de una belleza que va más allá de lo que es visible es aún más fuerte, ya que Vermeer presta gran atención en presentar figuras y cosas de una manera que, no sólo cada uno de ellos emana una vitalidad ligada a su propia individualidad porque perfectamente dibujado y exaltado por la fuerza de la luz, sino que él los ha arreglado en una relación que se caracteriza por su ambigüedad, en donde su presencia simultánea sugiere una cooperación en determinar el significado de la escena, pero, al mismo tiempo, cada elemento en la perfección de su aspecto se propone en su integridad polisemantica, con lo cual se complica por el espectador percibir la imagen como un conjunto cuyos elementos  se encajan para que aparezca el sentido global.
Lo que las pinturas de Vermeer fuertemente despiertan en nuestra mente, aunque se dan en una atmósfera suspendida, es una especie de flujo continuo de sugestiones hacia significados divergentes, que dan lugar a otras reflexiónes, que hasta nos conducen a emociones contrastantes entre si, dejándonos en un estado de confusión y aturdimiento por no conseguir contener todos estos sentimientos unidos entre una forma coherente.
De todos modos, esto es exactamente lo que Vermeer quiere que experimentemos, como para decir que toda la habilidad, la precisión, la elegancia, la riqueza del conocimiento que se puede adquirir, ya sea de una cosa sola o de un compuesto, no será suficiente para atrapar a ese ‘quid’ que es la vida, ese ritmo que expresa la esencia de la belleza, lo que el arte es capaz de captar y que ofrece justo en el momento en que consigue poner en escena lo ambiguo, lo incierto, lo polimorfo, lo que es y permanece abierto, y  que nos sugiere que sólo perdiéndose se llega al esencial.
Vermeer es capaz de hacernos percibir de una manera verdaderamente viva la presencia de lo que excede y va más allá de lo visible, haciendo que sea el enigma, el misterio a volverse como el protagonista de sus cuadros, lo que se podría llamar tanto lo espiritual como lo divino, conceptos que seguramente eran parte de la manera en la que Vermeer concebía el asunto, si se tiene en cuenta que, aunque nacido en una familia protestante, se convirtió al Catolicismo.
Esta conversion no parece ser simplemente un comportamiento conveniente para casarse con una mujer nacida en una familia católica rica,  mucho más parece corresponder a una forma diferente de relacionarse con lo divino, que en la iglesia protestante se comunica a través de la palabra, mientras que en la iglesia católica es la imagen que juega un papel preponderante en este tipo de comunicación que, por supuesto, para un pintor genial y meditativo como Vermeer era mucho más adecuado.La-ragazza-con-lorecchino-di-perla
Por lo tanto podemos afirmar que la obra de Vermeer, al igual que las grandes obras del Renacimiento, es capaz de ofrecer lo que Pasaría expresa en decir, refiriéndose a el  ‘sfumato’ de Leonardo, que “la esencia de la ‘bella maniera’ está en la gracia que va más allá de la medida y que aparece entre lo visible y el invisible”, y que, como D.Arasse dice, “es aquella presencia viva tanto innegable como difícil de alcanzar, que la pintura nos permite percibir cuando es capaz de prometer más de lo que los ojos captan, y muestra incluso lo que en realidad oculta.